“... Y en la otra esquina, alias el Flecha, con tenis loriqueros de cuero de abarca...”

 

 La armonía de su nombre lo condenó a ser escritor, David Sánchez Juliao; digno de un personaje de literatura. Era un hombre de nombres cadenciosos; nació en Lorica, en el departamento de Córdoba y fue embajador en la India y el convulsionado Egipto. En 1975 grabó el primer audiolibro en Colombia: “¿Por qué no me llevas al hospital en canoa, papá?” que reunía varios cuentos de su autoría.  Y para terminar la música que lo rodeaba, ganó, en el año 2000, el Premio Internacional Dulcinea, otorgado por la Asociación Cervantina de Barcelona.

Autor de Pero sigo siendo el Rey; El Flecha; Mi sangre aunque plebeya; Buenos días, América; entre otros títulos.  

Sánchez Juliao murió el pasado 9 de febrero. Como dice un buen amigo costeño, “quedó encantado y su presencia se viste de ausencia”. Buen tránsito.

Universo Cuentista lo recuerda  con el siguiente cuento:

 

 El Pargo Rojo

 

Magdalena Santiago vive –sigue viviendo-- de comprar, limpiar y desescamar pescados a la orilla del mar. Se levanta con los primeros ardores del alba y se va al puerto a esperar el retorno de los pescadores. Allí canta, invariablemente, todos los días a idéntica hora, la misma canción; una tonadilla de aliento africano cuya letra, ella lo ignora, tiene origen en el romancero español: Rey que sabe/leer y contar/dime cuántas olas/manda la mar. Acaso aquella liturgia es, además de una orden de su porción de sangre negada, la expresión del sueño incumplido de ser alfabeta. Porque, por el contrario del rey del estribillo, Magdalena ni sabe leer ni sabe contar. Pero tiene un don especial: cuando ha cantado, sin contarlas, diez veces el estribillo, señala en el horizonte las primeras canoas. Magdalena nada sabe de números o letras, pero el cantar le otorga un acertado manejo del tiempo.

No es el único don que posee. También carga claro en la cabeza que, comprando los pescados al precio del puerto y vendiéndolos de puerta en puerta pueblo adentro, el dinero sobra en casa. Magdalena llama “el milagro de la vida” a aquella elemental abstracción, como de impuros logaritmos Pese a asistir día a día a ese milagro, dice no entender nada pero lo entiende todo. Por ejemplo: es madre de seis hijos de tres padres diferentes; y no sabiendo al cabo de los años adónde han ido a parar los padres luego del abandono,  se llama a sí misma “viuda triple de muertos vivos”. Sus hijos, ya crecidos, trabajan allí en Tolú o en otros pueblos del Caribe en forma marginal: cargando bultos o vendiendo baratijas  a los turistas de la playa, hoy; cocinando en una casa de familia, mañana; y después, tal vez...

Magdalena, sin embrago, se dice feliz; aunque desde los días en que el cinematógrafo llegó a Tolú, a ratos ni ella misma lo cree. La noche en que fue a ver por primera vez una película, recuerda, empezó a sospechar –sin que lograra volver razones las sospechas— que el meridiano de la felicidad pasaba por lo cotidiano. Entonces, “Muy fácil –dice con frecuencia--: dejé de ir al cine y ya está, volví a vivir contenta”. Además, ¿qué otra cosa quiere? --se pregunta en sus noches de hamaca. Conoce un oficio, produce con qué comer, guarda plácidos recuerdos de cada marido en cada cama –del segundo, sobre una mesa--, es amada por sus hijos y estimada por los pescadores y la gente del barrio. Y lo más importante: ninguna de sus hijas le ha salido vagabunda, y ninguno de sus hijos ha estado en la cárcel. “Son muy unidos”, comenta: “Cada uno es capaz de quitarse el pan de la boca para dárselo al otro”. Y no se queda en la superficie, pues agrega: “Ojalá nunca sean ricos; porque poco dinero, evita preocupaciones; mucho dinero, las trae”. Y  remeta: “Dios quiera que nunca vayan al cine”.

Magdalena vive –continúa viviendo allí, aun después del incidente— en una calle a la que la gente bautizó como “Bocagrande”. Su nombre oficial tiene que ver con un héroe de la Independencia, Francisco de Paula Santander. Pero los desocupados de la plaza lo han cambiado por aquel más sonoro,  debido a que en esa calle las vecinas riñen a diario en insultos que se vociferan de acera a acera, con frases cargadas de dobles sentidos e imprecaciones.

En la misma calle de “Bocagrande”, puerta seguida a la casa de Magdalena, vivió una vez una mujer adinerada que odiaba a los pescadores y a las revendedoras. No es extraño que estas cosas sucedan en la América Hispana, puesto que en sus pequeños pueblos conviven príncipes y mendigos, ricos y pobres en una misma calle, en una constante ebullición de la vida que ante todo los ricos niegan disfrutar. En estos poblados, los modernos barrios residenciales jamás tuvieron futuro, pues no tardaron en convertirse, de tan tediosos, en una antesala de la muerte.

Aquella vecina –la del incidente— odiaba a Magdalena, en razón tal vez de lo que el profesor socialista de la escuela pública llamaba “marxismo al revés”; es decir, el desprecio de los de arriba por los de abajo. La vecina, sin embargo, amaba la lúdica del humilde vecindario, pero siempre deseó que su torrente de vida bullera, no allí sino en el barrio residencial de las afueras al que un día se mudó, hasta que se aburrió... por falta de vida. Cuando regresó a vivir  al antiguo vecindario, continuó haciéndole la vida imposible a Magdalena: le corría la cerca del jardín, ordenaba a las sirvientas que desaguaran la cocina hacia el patio vecino, y sacaba en voz al sol ciertos trapos sucios que Magdalena prefería lavar en casa; como aquello de la triple viudez de muertos vivos, los seis hijos de tres maridos diferentes; y la pobreza y el mal vestir, cosas que Magdalena sobrellevaba con inadvertida dignidad. 

La vecina insolente es viuda de verdad, y tiene tres hijos casados cuyas mujeres le desean la muerte para heredarle  la hacienda que ha comprado en las mejores tierras del Sinú. Hoy, en los tiempos posteriores al incidente, la hacienda es manejada a distancia, mediante despachos de correo y llamadas telefónicas. Porque la que fue vecina de Magdalena, es ahora una mujer muy rica; y ya no vive en la calle de “Bocagrande” de Tolú, sino a muchas leguas de distancia, en un sector del mismo nombre que es parte de la hermosa Cartagena de Indias. Aun así, viviendo lejos, dos de las tres nueras han tratado de envenenarla, tres de sus hijos varones no la visitan, dos de ellos no le dirigen la palabra –ni siquiera por teléfono--  y el tercero, el menor, no le permite ver a los nietos los domingos.

Y todo, por culpa de Magdalena; al menos, eso comenta la gente. Magdalena es en extremo cuidadosa al respecto; jamás ha dicho que aquello es cierto, pero tampoco lo ha negado. Se limita, eso sí, a contar la historia tocada de un airecillo de satisfacción:

La historia es esta. Un día, mientras desescamaba  pescados en las escalinatas del puerto, Magdalena vio que algo brillaba entre el espeso amarillo de las hueveras de un pargo rojo. Se trataba de un brillo poco común, como de estrella en el cielo, emitido por una piedrecilla de aristas pulidas con esmero.  Magdalena jamás había visto uno en su vida, pero por lo que siempre escuchó, estuvo segura de que la piedrecilla no era tal... sino un diamante. Pensó de inmediato en sus hijos yendo al cine, en sus nueras tratando de envenenarla, en sus maridos regresando a buscarla uno a uno o los tres al tiempo, pero con la misma cara de arrepentimiento; pensó en ella misma, liviana y desafirmada, viviendo la muerte de un barrio residencial y comprando pescados en la puerta a sus compañeras de trabajo; y pensó, lo más grave, en no poder ver a sus nietos los domingos. En ese instante tomó la decisión de regalar el pargo rojo con todo y el diamante que el pez llevaba oculto en su vientre.

Alguien, cuenta ella, se ofreció a comprarlo en el puerto.

-- No está para la venta –dice Magdalena que dijo--. Lo tengo reservado para alguien muy especial.

Irrumpió en la casa de la vecina en el momento en que la mujer discutía con las tres nueras sobre qué cosa preparar para el almuerzo.

-- Perdonen si interrumpo –dice Magdalena que entró diciendo--, pero la pesca de hoy ha sido excelente y me he acordado con cariño de todas ustedes. Les he traído este hermoso pargo rojo para que lo disfruten en la santa paz de la familia.

FIN

Comentarios

david sanchez juliao

Son tantas cosas que decir de este gran personaje; mas que un reconocido escritor un ser que en su globalización de su pensamiento mostró una paciencia y claridad para que todos captáramos su mensaje ¿por que digo esto? tuve la fortuna de participar en un conversa torio donde mi pregunta fue casi una hora de respuesta ¿una hora? De donde tal sabiduría literaria para encadenar semejante orden de ideas. También me deja un sinsabor su partida pues "David" quería capacitar en algo tan elemental como lo es escribir un libro; pues muchos lo quieren hacer pero un buen porcentaje por no decir que la mayoría sabe como hacerlo... :(

Jejejeje... Muy bueno. ¡Qué

Jejejeje... Muy bueno. ¡Qué belleza! Claro queda que no se fue, como no se van los grandes escritores. Para mí, bien estuvo que su cuerpo nos dejara; siempre y cuando su obra pueda permanecer largamente en lo más profundo de nuestra identidad. Gracias.

nostalgia

Aunque la trascendencia de las personas no está junto a su permanencia terrenal, si es verdad que su ausencia atraviesa nuestro ser...y es entonces cuando comienza para, aquellos que lo vimos reir, a extrañar sus risas, para aquellos que alguna vez tuvimos la oportunidad de estrechar su mano y su saludo sincero y franco; a extrañar el calor de su presencia y la ansiedad de volverlo a mirar, de volver a escuchar su voz franca, de volver a escuchar al gran flecha de viva voz, volver a dialogar en nuestras rertulias literarias al gran escritor de nuestra tierra cordobesa... sé que sus ideas no partieron con èl, como también sè que en algún lugar de Colombia, escaparà una idea suya y con ella evocaremos su presencia...sólo sé que para aquellos que compartimos con él muchos momentos, no vastan las ideas; pués nos hace mucha falta la presencia y el homor del poeta que con altura enateció mi tierra cordobesa...

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