Un cuento para hacer pereza

     Como cuentos hay para todos los gustos y tipos de lector, este es perfecto para aquellos que quieren quedarse quietecitos, contemplando el mundo mientras los demás se cansan haciendo dinero. A mí me encanta... pues, el cuento. Les recomiendo a Heinrich Bôll, Premio Nobel de Literatura en 1972. Y los dejo con este relato, parte de Ni una sola lágrima por Schmerck.

***

ANÉCDOTA PARA DISMINUIR
EL ESPÍRITU DE TRABAJO

     En un pueblo de la costa occidental de Europa hay un hombre pobremente vestido dormitando, echado en su barca de pesca. Un turista de elegante atuendo está colocando en su aparato fotográfico una película de color para fotografiar esta idílica escena: cielo azul, mar verde con pacíficas y blancas crestas, embarcación negra, gorra de pescador roja. Clic. Otro clic. Y como tres es un buen número y más vale ir sobre seguro, un tercer clic. El sonido bronco, casi hostil, despierta al pescador adormilado, que se incorpora medio dormido, y medio dormido busca su caja de cigarrillos. Pero antes de encontrar lo que busca, el diligente turista ya le tiende una caja en las narices; no es que le meta un cigarrillo en la boca, pero sí se lo deja en la mano, y un cuarto clic, el del encendedor, concluye la apresurada cortesía. Debido a aquel exceso de ágil gentileza que apenas puede calibrarse, que nunca puede demostrarse, se ha creado una situación embarazosa que el turista –que conoce el idioma del país intenta salvar mediante el diálogo.
    
Hoy va a hacer usted una buena redada.
     El pescador sacude la cabeza.
    
Pues a mí me han dicho que el tiempo es favorable.
     El pescador asiente con un gesto de cabeza.
    
¿De manera que no va a salir?
     El pescador sacude la cabeza. El nerviosismo del turista va en aumento. Seguro que le interesa mucho el bienestar de este hombre pobremente vestido, que le aflige sobremanera que haya perdido la oportunidad.
    
Oh, ¿no se encuentra bien?
     Por fin el pescador pasa del lenguaje de signos a la palabra hablada.
    
Me encuentro estupendamente.
     El turista tiene una expresión esa vez más extrañada, ya no puede contener la pregunta que, por así decir, amenaza con hacerle estallar el corazón:
    
Pero entonces, ¿por qué no sale?
     La respuesta llega súbita y lacónica:
    
Porque ya he salido esta mañana.
    
¿Ha hecho una buena redada?
    
Tan buena que no me hace falta volver a salir, tenía cuatro langostas en las cestas, he pescado dos docenas de caballas…
     Ahora el pescador, por fin ya del todo despierto, abandona su actitud reservada y le da al turista unas palmaditas tranquilizadoras en los hombros. La expresión de éste se le antoja de una preocupación ciertamente inadecuada, pero conmovedora.
    
Tengo suficiente incluso para mañana y pasado mañana dice para quitarle al turista un peso de encima.
     ¿Fuma uno de los míos?
    
Sí, gracias.
     Cigarrillos a la boca, un quinto clic. Sacudiendo la cabeza, el forastero se sienta en el canto de la embarcación y deja el aparato fotográfico, pues ahora necesita las dos manos para reforzar lo que va a decir.
    
No es que quiera meterme en sus asuntos personales dice, pero imagínese que hoy sale usted una segunda vez, una tercera, tal vez incluso una cuarta vez y que pesca tres, cuatro, tal vez diez docenas de caballas. Imagíneselo.
     El pescador asiente con un gesto de cabeza.
    
Imagínese que no sólo hoy , sino mañana, pasado mañana, sí, todos los días buenos sale dos, tres o tal vez cuatro veces… ¿Sabe lo que pasaría?
     El pescador sacude la cabeza.
    
Lo más tarde dentro de un año podría comprarse un motor, dentro de dos años una segunda embarcación, dentro de tres o cuatro años tener quizá un pequeño cúter. Como es natural con dos embarcaciones o con el cúter pescaría mucho más… Un día tendría usted dos cúters, entonces… de puro entusiasmo se queda unos segundos sin poder hablar, entonces se construiría un pequeño depósito frigorífico, tal vez un ahumadero, más adelante una fábrica de escabache, con su propio helicóptero localizaría los bancos de peces y daría instrucciones por radio a sus cúteres. Podría hacerse con los derechos del salmón, abrir un restaurante marinero, exportar la langosta directamente a París, sin intermediarios y luego… de nuevo el forastero se queda sin poder hablar de puro entusiasmo. Sacudiendo la cabeza, hondamente atribulado y perdida ya casi la alegría de las vacaciones, dirige una mirada a la corriente que gira pacífica y en la que saltan alegremente los peces no pescados, y entonces… dice, pero una vez más la excitación lo deja sin habla. 
     El pescador le da unos golpecitos en la espalda, como a un niño que se ha atragantado.

    Entonces, ¿qué? pregunta en voz baja.
    
Entonces dice el forastero con plácido entusiasmo
, entonces podría usted estar sentado aquí en el puerto con toda tranquilidad, dormitar al sol…, y mirar el magnífico mar.
    
¡Pero si eso ya lo hago ahora! dice el pescador—. Yo me siento tranquilo en el puerto y dormito, sólo que sus clics no me han dejado seguir haciéndolo. En efecto, el turista que había recibido esta enseñanza se fue pensativo, pues antes él también creía que trabajaba para no tener que trabajar más algún día y no le quedó una pizca de compasión por el hombre vestido pobremente, sino sólo una cierta envidia.

Comentarios

No es la primera vez

Es un cuento maravilloso y una idea genial. Admiro de Böll por esa velocidad narrativa. En cuanto a lo de plagio, quiero dar muestra de que la idea del descanso instantáneo y no acumulado, se hatrabajado por varios autores. Sólo por dar un ejemplo, hace algunos años lo leí en Momo que es otro hermoso libro escrito por otro alemán: Michael Ende. Es brillante suponer que ese tiempo que uno acumula para descansar o disfrutar en la vejez se lo roban los "hombres grises".

Ende es de locos

Todavía no he leído "Momo", qué pena. Pero leí maravillada "Historia sin fin", o "Historia interminable" de Michael Ende. Quedé fascinada. Estos días escribo algo al respecto para animar a los chicos. Ese libro lo debí leer en mi clase de español en séptimo grado, en vez de "El triángulo de las Bermudas" que me tocó leer obligada. Qué buen comentario, lástima que sea anónimo!! 

¿Deja vu literario, plagio o azar?

Gracias Koleia por compartir este cuento de Heinrich Boll. Mientras lo leía recordé, casi de inmediato, una analogía que leí hace unos 5 años en un libro que se llama: "el canto del pájaro", que fue escrito por un sacerdote jesuita de la India que falleció en 1987 llamado Anthony De Mello. Digo analogía porque estéticamente son diferentes, pero en esencia son exactamente la misma historia. Aunque no recuerdo ya el nombre exacto del cuento que leí en "el canto del pájaro", sí recuerdo perfectamente que es idéntico, sólo que más breve que éste (creo que ocupa una sóla página de aquel libro). ¿Sería un plagio involuntario? (como dijo Cortázar para referirse a la influencia que había ejercido sobre sus primeros poemas Edgar Allan Poe), o ¿sería un robo de ideas?, o ¿una coincidencia monumental?. Bueno, sólo quería compartir esta pequeña curiosidad, también resaltar que es un excelente cuento, ya que su trasfondo es bastante útil, y además muy simbólico para ésta sociedad excesivamente depredadora en la que vivimos. Como dirían los organizadores de los eventos de "Improv Everywhere": hay que relajarse un poco. Es necesario recordar que afuera de la oficina y/o de cualquier trabajo que no implique vocación está otra vez la vida humana. ¡Viva el hombre como ser humano y no como una estadística sin rostro dentro de un sistema!

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